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"The Lobster" es  una hipérbole de cómo estigmatizamos el amor, las relaciones interpersonales y las emociones en general. The lobster, película

The Lobster (Langosta) se trata de una propuesta diferente que nos lleva a una sociedad distópica en la que los solteros tienen que ir a un hotel donde han de encontrar pareja en un número limitado de días. De lo contrario se convertirán en el animal que ellos mismos han de elegir al comienzo de su hospedaje. Una premisa muy fuerte y llamativa que además tiene muchas posibilidades, algo que no sucede en muchos de estos casos, donde pronto surgen los problemas tras un potente punto de inicio.

Lo cierto es que Lanthimos ya nos había acostumbrado a sus peculiares historias, pero también a su capacidad para exprimirlas a fondo y que no se quede todo en una mera singularidad sin profundidad. Como era de esperar, el primer acto se dedica a presentar a los personajes, con especial atención a un Colin Farrell que sabe sacar todo el partido posible a la desorientación vital de David –algo que se contagia al espectador y ayuda a fomentar la imprevisibilidad del relato-, y a realizar un fascinante repaso a las particulares reglas del hotel en cuestión.

“The Lobster” es una hipérbole de cómo estigmatizamos el amor, las relaciones interpersonales y las emociones en general. Los cuadros y el acompañamiento musical son brillantes.

En dicho hay espacio tanto para la crueldad como para el humor, pasando por una notable cantidad de estados de ánimo que están perfectamente balanceados en el guión que el propio Lanthimos firma junto a su colaborador habitual Efthymis Filippou, pero también por la muy adecuada fuerza visual que imprime la fotografía de Thimios Bakatakis, la cual ayuda a reforzar esa atmósfera a caballo entre lo absurdo y lo irreal que da otro sentido a unas interpretaciones que en esa etapa de la película se basan más en intentar reducir a la monotonía las emociones de sus protagonistas. Aquí las propias actuaciones juegan un papel esencial, recitando los a menudo hilarantes diálogos en esa línea y manteniendo la credibilidad en todo momento durante los numerosos silencios -incómodos-.

Además, es cierto que ‘Langosta’ no tiene un ritmo vibrante, pero dentro de su ritmo pausado –y perfectamente acompasado por la medida puesta en escena de Lanthimos- sabe cómo ir dando los pasos adecuados para evitar cualquier posible sensación de estancamiento y tiene las explicaciones adecuadas para algunos giros que a priori podría haber resultado un poco forzados, pero que a la hora de la verdad encajan como un guante dentro de lo que nos propone ‘Langosta’: Una reflexión sobre las relaciones románticas en la sociedad actual de una forma que no habíamos visto hasta ahora.

Daniela FH

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